A menudo decimos «soy de letras» o «soy de ciencias» con la misma facilidad con la que decimos «soy madrugador» o «soy introvertido». Son expresiones muy familiares para muchos de nosotros y parecen explicar algunas diferencias en los hábitos y el carácter de las personas.
Pero ¿qué ocurre si nos detenemos un poco y profundizamos en esta explicación tan habitual? ¿Qué se esconde realmente detrás? ¿Por qué no me gustan los números, por qué no quiero comprender mejor a las personas, por qué en algunas situaciones evito probar algo nuevo y prefiero actuar dentro de esquemas conocidos?
¿Por qué intentamos explicarlo todo de forma tan simple y, sin darnos cuenta, fijamos nuestros propios límites desde etapas muy tempranas de la vida? No probamos lo desconocido, no abrimos nuevas posibilidades, no nos damos otra oportunidad. Como resultado, en vez de pensar «todavía no me sale», lo que podría llevarnos a seguir intentándolo a pesar de las dificultades, nos encerramos en una conclusión rígida: «¡Esto simplemente no es para mí!».
Sería interesante averiguar si de verdad se trata de algún «tipo de mente» fijo o si detrás de todo esto hay algo completamente distinto...
El «tipo de mente» como explicación cómoda
Puede parecer que frases como «soy de letras» o «soy de ciencias» explican de forma muy sencilla cómo somos y nos ayudan a comprendernos mejor. Pero, si lo pensamos, muchas veces cumplen otra función: nos libran de la necesidad de cambiar algo.
No se nos da bien la matemática — «es que yo soy de letras». Nos cuesta hablar delante de otras personas — «soy de ciencias, eso no es lo mío». Nos da miedo aplicar nuevos métodos en el trabajo — «yo no estoy hecho para todas estas tecnologías». ¡Y ya tenemos una explicación! Es sencilla y bastante cómoda: el problema no sería que hay que aprender, dedicar tiempo libre, equivocarse y corregir errores, practicar nuevas habilidades o salir de lo conocido. Simplemente «nuestro cerebro es así».
Esto se nota especialmente en la escuela. Un niño resuelve problemas rápidamente y empiezan a decirle que tiene una «mente técnica». Otro escribe muy bien y ya queda etiquetado como «de letras». A primera vista, no parece grave. El problema aparece después, cuando una característica inicial o una inclinación temporal se convierte en una regla que limita.
Los niños se adaptan muy rápido a las expectativas de quienes les rodean. Si durante años se repite a un niño que las matemáticas no son para él, puede empezar a evitarlas antes de haber intentado comprenderlas de verdad. Se prepara de antemano para fracasar. Y como al cerebro le gusta ahorrar energía, desde ese punto de vista resulta mucho más fácil aceptar una explicación conocida que intentar superarla sin ninguna garantía de éxito.
Esto continúa también en la edad adulta. Alguien recibe una factura de servicios, ve cifras que no entiende y la aparta irritado: «Yo de esto no entiendo nada, soy de letras». Pero no hace falta saber matemáticas avanzadas para comprobar los datos. Puede bastar con revisar las líneas, comparar importes y quizá hacer un par de preguntas a la empresa responsable.
O pensemos en otra situación: hay que escribir un breve mensaje a un cliente, a un jefe o a una administración. Abrimos varias veces un documento vacío, nos enfadamos y no conseguimos empezar porque creemos que no sabemos escribir bien. Pero tampoco hace falta ser escritor. Solo hay que explicar el problema con claridad y formular una pregunta adecuada. Sin embargo, la creencia «soy de ciencias» convierte la tarea en imposible antes de intentarlo.
También ocurre lo contrario: alguien razona perfectamente sobre temas complejos, pero se asusta ante una tabla muy sencilla. Parece pertenecer a otro mundo. O alguien entiende con facilidad esquemas, configuraciones e instrucciones, pero se pierde cuando tiene que hablar con un niño sobre sus sentimientos o explicar a una persona cercana por qué está triste.
En estas situaciones, el «tipo de mente» deja de ser una descripción de nuestras capacidades y se convierte en una forma de quitarnos una tarea de encima. No hace falta profundizar en algo nuevo ni arriesgarse a parecer torpe al principio. Basta con decir «esto no es lo mío» y retirarse sin remordimientos. Pero ¿realmente el problema es la falta de capacidad?
Por qué la realidad rompe esta división
La división entre personas «de letras» y «de ciencias» apareció en una época en la que las profesiones eran mucho más directas y estaban más separadas entre sí. Una persona trabajaba con máquinas y cálculos; otra con textos, idiomas o en contacto constante con otras personas. El mundo parecía más sencillo y las fronteras entre ámbitos profesionales eran mucho más claras.
La vida moderna está rompiendo poco a poco esa imagen. Muchas profesiones se han mezclado y cada vez necesitamos combinar habilidades muy distintas al mismo tiempo.
Por ejemplo, un buen programador ya no pasa el día solo delante del ordenador con su código, como les gusta mostrar a las películas antiguas. Tiene que discutir ideas y soluciones con el equipo, analizar y comprender las necesidades de los clientes, explicar cosas complejas a los usuarios con palabras sencillas y comunicarse constantemente con los demás. A veces, saber llegar a acuerdos con las personas puede ser incluso más importante que escribir un código perfecto.
Las profesiones humanísticas también han cambiado. Un periodista ya no trabaja solo con textos y entrevistas: se enfrenta a analítica, algoritmos de redes sociales, estadísticas de visitas, plataformas digitales y enormes flujos de información. Un psicólogo utiliza tests, sistemas de evaluación, investigación y análisis estadístico de datos. Los docentes necesitan dominar cada vez más tecnologías digitales, servicios online y nuevas formas de presentar la información de manera eficaz.
Esto se ve especialmente bien en la medicina. Un médico moderno tiene que comprender equipos complejos, pruebas y sistemas digitales y, al mismo tiempo, saber hablar con calma con personas preocupadas, explicar diagnósticos y afrontar situaciones emocionalmente difíciles. En las profesiones sanitarias es casi imposible separar hoy el pensamiento «técnico» del «humanístico».
La vida cotidiana también se ha vuelto mucho más compleja. Para manejar documentos, aplicaciones bancarias, seguros, servicios públicos o la configuración de dispositivos necesitamos atención, lógica y capacidad para procesar información nueva y difícil con calma. Pero al mismo tiempo tenemos que construir relaciones, comprender las emociones de los demás, negociar, criar hijos e interactuar constantemente con la sociedad.
De aquí surge una conclusión interesante: hace tiempo que el mundo dejó de dividirse claramente entre «letras» y «ciencias», mientras nuestras ideas sobre nosotros mismos a veces siguen ancladas en el pasado. Seguimos aplicando etiquetas antiguas a una realidad que ya es mucho más compleja y diversa.
Cómo dejar de pensar en nosotros mismos solo con estas categorías
En realidad, estas etiquetas no son reglas rígidas que nos acompañen desde el nacimiento durante toda la vida. Lo que alguien consideraba parte de su «naturaleza» puede cambiar hasta resultar irreconocible unos años después.
Alguien puede haber odiado sinceramente la literatura en la escuela y no entender para qué servía leer libros largos. Años después se enamora de la lectura y empieza a leer cada noche con un placer que antes no conocía. Otra persona quizá evitó la tecnología durante toda su juventud, se irritaba con la configuración del ordenador o las aplicaciones bancarias y luego descubre que puede aprender tranquilamente a usar servicios digitales complejos e incluso ayudar a otros.
A veces los cambios ocurren casi sin darnos cuenta. Alguien puede haberse considerado durante años un «técnico» reservado al que le cuesta relacionarse. Pero el trabajo, la familia, los hijos o las circunstancias de la vida le van enseñando poco a poco a interactuar con otras personas. Y descubre que ya puede explicar cosas complejas con calma, negociar, apoyar a otros e incluso disfrutar mucho de la comunicación.
También sucede al revés. Personas que siempre se consideraron exclusivamente «de letras» terminan disfrutando de organizar datos, trabajar de forma analítica, planificar o manejar grandes volúmenes de información. No ocurre porque su personalidad haya cambiado de repente, sino porque han descubierto nuevos horizontes.
En cualquier etapa de la vida nos influyen el entorno, la profesión, la edad, el círculo social, el nivel de estrés, la experiencia vital y las tecnologías que usamos cada día. Todo ello va modificando poco a poco nuestras formas habituales de pensar. Por eso es poco probable que los patrones fijados en la escuela permanezcan con nosotros para siempre.
Al hacernos mayores, muchas personas empiezan a tratar con más cautela afirmaciones rotundas como «soy de letras» o «soy de ciencias». La vida es demasiado larga e imprevisible para que una etiqueta escolar pueda describirnos con precisión durante décadas.
Quizá dividir a las personas entre «de letras» y «de ciencias» sirvió alguna vez para describir de forma más sencilla a las personas y a las profesiones. Pero la vida moderna demuestra hasta qué punto esas fronteras son relativas.
Todos percibimos la información de manera diferente y tenemos distintas inclinaciones, hábitos y fortalezas. Eso es normal. El problema aparece cuando una descripción cómoda se convierte en una limitación rígida que nos da miedo superar.
Por eso conviene recordar que nuestra forma de pensar no queda fijada para las próximas décadas. Es un conjunto de habilidades, hábitos y formas de percibir que pueden cambiar y desarrollarse durante toda la vida. Quizá muchas cosas que hoy nos resultan poco familiares solo estén esperando el momento en que empecemos a interesarnos de verdad por ellas.
