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    La conciencia — el mayor misterio del mundo vivo

    La conciencia es algo de lo que hablamos con frecuencia, pero rara vez nos detenemos a pensar qué hay exactamente detrás de este concepto. Vivimos, sentimos, elegimos, tomamos decisiones, repasamos el pasado en nuestra mente y hacemos planes para el futuro. Todo esto nos resulta tan natural y familiar como respirar. Pero basta con preguntarse qué es realmente la conciencia para que aparezca una especie de niebla: sabemos que está ahí, pero no podemos tocarla.

    Durante mucho tiempo, las personas consideraron que la conciencia era un privilegio exclusivamente humano. Que solo nosotros podíamos reflexionar, mantener diálogos internos, construir abstracciones y contar historias. Que solo el ser humano era capaz de autorreflexión — de ese particular «entiendo que entiendo». Esta postura fue dominante durante mucho tiempo. Subrayaba nuestra diferencia, nuestra singularidad, nuestra supuesta naturaleza «superior» frente a los demás seres vivos.

    Pero cuanto más observamos a los animales, más difícil resulta mantener estas antiguas ideas. Estamos acostumbrados a considerar la conciencia como el nivel más alto de la mente, accesible únicamente al ser humano. Sin embargo, quizá no sea una cima, sino una larga escalera en la que distintos animales ocupan diferentes peldaños. Y si es así, la pregunta ya no consiste en saber si los animales tienen conciencia o no. La cuestión pasa a ser qué forma adopta y dónde se encuentran sus límites en las diferentes especies del mundo animal — un mundo al que también podemos incluir perfectamente al ser humano.

    La conciencia sigue siendo uno de los temas más complejos y misteriosos de la psicología. Reúne memoria, percepción, emociones, elección, nuestra relación con el entorno, la comprensión de nuestro lugar dentro de él y muchas otras cosas. Comprender todo esto significa comprender cómo se organiza la experiencia humana y, al mismo tiempo, dejar de mirar a otros seres vivos como robots programados sin mundo interior.

    En este artículo intentaremos entender qué es la conciencia, de dónde surgieron las antiguas ideas sobre ella, por qué están cambiando y qué nos dicen los datos actuales sobre los animales, sobre nosotros mismos y sobre aquello que estamos acostumbrados a llamar «consciente».

    La conciencia como espejo del ser humano

    Un hombre pensativo está sentado ante un escritorio con un libro abiertoCuando los pensadores del pasado intentaban explicar qué hace humano al ser humano, casi siempre comenzaban precisamente por la conciencia. En la filosofía de la Edad Moderna, esta idea se volvió fundamental. Descartes formuló su famosa frase «Cogito, ergo sum» — «Pienso, luego existo». Consideraba la conciencia como el punto de partida desde el que podía construirse todo lo humano: si soy capaz de tomar conciencia de mi propio pensamiento, entonces puedo estar seguro de que existo.

    Esta concepción de la conciencia estaba estrechamente ligada a la racionalidad. El ser humano era visto como una criatura capaz de razonar, tomar decisiones y comprender el mundo no solo a través de las sensaciones, sino también mediante la reflexión. Por eso la conciencia se imaginaba como una especie de luz interior o espejo en el que se refleja todo lo que ocurre a nuestro alrededor y dentro de nosotros. Y la capacidad de reconocerse en ese espejo — es decir, la autoconciencia — se consideraba la principal diferencia respecto a los animales.

    Más tarde, los psicólogos de los siglos XIX y XX desarrollaron esta idea a su manera. Freud, por ejemplo, veía la conciencia como la delgada punta de un iceberg bajo la cual se escondía un enorme inconsciente: impulsos, miedos y deseos. Pero incluso así, la conciencia seguía siendo un elemento central de la psique humana. Organiza nuestra experiencia, controla el comportamiento, nos ayuda a mantener normas sociales, planificar la vida y regular las emociones. La propia existencia de un observador interno capaz de afirmar «siento», «pienso», «quiero» se consideraba una capacidad única del ser humano.

    Así se fue formando gradualmente la idea clásica: la conciencia es lo que nos permite vernos «desde fuera», valorar nuestras acciones, analizar nuestros pensamientos y tomar decisiones no solo de forma instintiva, sino también consciente. En este marco, el ser humano aparece como el único ser capaz de mantener un diálogo interior plenamente desarrollado, relatar su propia experiencia y construir complejas cadenas de causa y efecto.

    Pero este enfoque tiene un punto débil. Parte de la idea de que otros seres vivos no pueden poseer nada semejante simplemente porque no hablan ni funcionan al mismo nivel de complejidad que nosotros. En esencia, durante mucho tiempo la conciencia se describió solo a través del prisma de la experiencia humana, como si fuéramos los únicos seres conscientes del universo. Esto se convirtió en el punto de partida de lo que muchos filósofos llaman «antropocentrismo»: la costumbre de juzgar todo lo vivo desde la perspectiva humana.

    Veamos este enfoque con más detalle. Intentaremos distinguir qué aspectos de aquellas antiguas ideas han quedado obsoletos, cuáles siguen siendo importantes y por qué la ciencia moderna nos invita a observar esta cuestión de una manera más amplia.

    La conciencia animal: dónde están los límites

    Un cuervo está posado en una rama con una llave en el picoCuanto más atentamente observamos a los animales, más difícil resulta mantener la oposición habitual en la que el ser humano es el único ser consciente y los animales aparecen como mecanismos gobernados por el instinto. Durante las últimas décadas, la ciencia está reescribiendo literalmente nuestra comprensión de cómo muchos seres vivos perciben el mundo que los rodea y a sí mismos. En cierto momento surge una nueva idea: la frontera habitual entre «reflejo» y «acción consciente» empieza a difuminarse.

    Pensemos, por ejemplo, en los delfines. Estos mamíferos marinos pueden superar la llamada «prueba del espejo», un experimento clásico en el que se coloca una marca en el cuerpo del animal que solo puede ver mediante su reflejo. La mayoría de las especies simplemente ignora el espejo o interpreta el reflejo como otro miembro de su especie. El delfín, en cambio, se acerca, examina la marca y parece intentar averiguar qué es. Este comportamiento recuerda, al menos, a los primeros indicios de autorreconocimiento: la capacidad de separar el «yo» del mundo exterior.

    Los cuervos y otros córvidos sorprenden a los investigadores tanto como los delfines. Son capaces de planificar el futuro: almacenan comida y eligen escondites en función del riesgo. Además, un cuervo tiene en cuenta si otro lo vio esconder la comida; si fue así, puede trasladar el escondite, como si valorara las intenciones de un posible «ladrón». Es difícil reducir este comportamiento a un simple reflejo. Requiere cierta flexibilidad cognitiva, buena memoria y capacidad para tener en cuenta el punto de vista de otro individuo.

    Los perros también muestran formas sorprendentes de conciencia, aunque de un tipo algo distinto. «Leen» las emociones humanas, captan matices de la voz y responden al contexto de la situación. Además, muestran formas incipientes de empatía: muchos perros reaccionan al llanto de su dueño o se acercan cuando una persona está triste. Y esto no es simplemente un reflejo condicionado: para reaccionar así, el perro debe percibir el estado de otra persona y relacionarlo de algún modo con su propia experiencia.

    Los pulpos son otro caso fascinante. Tienen un tipo de sistema nervioso completamente distinto del nuestro. Pero incluso aquí encontramos comportamientos que recuerdan a acciones conscientes: resuelven laberintos complejos, abren recipientes, se esconden, cambian de color según la situación e incluso pueden mostrar rasgos de carácter — algunos parecen juguetones, otros prudentes y otros casi «rencorosos». Se conocen casos en los que un pulpo lanzaba chorros de agua a empleados del laboratorio que aparentemente «no le gustaban». Es difícil decir qué siente exactamente, pero este comportamiento no se explica fácilmente como una simple cadena de reacciones automáticas.

    Las investigaciones modernas indican cada vez con mayor claridad que los animales poseen una rica vida interior. Sí, quizá no sea igual a la humana y todavía no podamos evaluar con precisión todas las diferencias. Pero eso no la hace menos real para ellos. Intentamos separar el «reflejo» de la «razón» y después nos encontramos con comportamientos que se parecen mucho más a una toma de decisiones que a una reacción primitiva.

    Quizá la cuestión de la conciencia animal no debería plantearse como si existiera o no existiera. Sería más útil reformularla así: ¿qué forma adopta la conciencia en una especie concreta y qué capacidades cognitivas tiene a su alcance? Este planteamiento es mucho más profundo e interesante que la antigua oposición entre «humanos racionales» y «animales irracionales».

    La conciencia como un espectro sin límites claros

    Una larga escala con numerosos animales ordenados por grado de complejidad, desde especies simples hasta el ser humanoSi antes la conciencia se concebía como algo binario — o está presente o no lo está — la ciencia moderna se inclina cada vez más a entenderla como un espectro. Es decir, no como una frontera detrás de la cual desaparece, sino como una escala continua en la que diferentes seres ocupan distintos niveles.

    Y, hablando de seres humanos, conviene señalar que nuestra propia conciencia tampoco es igual en todos los momentos de la vida. Para verlo, basta observar estados muy comunes. Pensemos en cómo nos sentimos justo al despertar o durante un sueño ligero. La conciencia está presente, pero es tenue y dispersa en comparación con los momentos de plena actividad. Veamos también otro ejemplo: la excitación emocional intensa. Cuando muchos de nosotros sentimos miedo o ira o entramos en una situación crítica, el tiempo parece reducirse a un único impulso y nuestra capacidad de pensar con claridad puede disminuir de forma brusca. En otras personas sucede lo contrario: la valoración de la situación y la velocidad de pensamiento aumentan tanto que después cuesta explicar la reacción que les permitió evitar el peligro.

    Son ejemplos simples y familiares, pero muestran con claridad que la conciencia tiene niveles y grados. No es algo fijo: puede ampliarse o estrecharse, «apagarse» o «avivarse». Y si en el ser humano se comporta de manera tan flexible, resulta razonable suponer que en los animales también puede presentar diferentes gradaciones.

    Las investigaciones sobre la relación entre cerebro y cuerpo han contribuido de manera importante a comprender la conciencia como un espectro. La conciencia no es solo actividad neuronal. También incluye la forma en que el cuerpo responde al mundo: cómo sentimos presión, dolor, calor, sabor, miedo o seguridad. No es posible separar el cerebro de la fisiología y decir: «Aquí empieza la conciencia y aquí termina». Todo ello forma un sistema complejo en el que emociones, sensaciones y pensamientos están estrechamente entrelazados.

    Hoy la ciencia suele preferir hablar de distintos niveles de conciencia. Intentemos describirlos de manera aproximada:

    • Nivel básico — capacidad de sentir dolor, reaccionar ante amenazas y distinguir lo agradable de lo desagradable.
    • Nivel intermedio — comprensión de regularidades, capacidad para aprender, recordar y elegir basándose en la experiencia.
    • Nivel alto — capacidad para analizar los propios pensamientos, reflexionar sobre el futuro y construir modelos complejos de la realidad.

    Por supuesto, podemos situar al ser humano cerca de la cima de este espectro debido a nuestra capacidad de abstracción y autorreflexión. Pero la escala en sí sigue siendo muy general. No estamos solos en ella: también están los animales, cada uno en su propio nivel. Tiene más sentido hablar de la posición relativa de humanos y animales en esa escala que preguntar quién tiene conciencia y quién no. Es decir, las preguntas deberían formularse ahora de otra manera: ¿en qué nivel se encuentra la conciencia de un ser determinado, cómo se manifiesta y qué tareas puede resolver?

    Este enfoque hace que nuestra imagen del mundo sea mucho más rica e interesante. Dejamos de dividir la vida entre «racional» e «irracional» y empezamos a ver la diversidad de los mundos interiores de los distintos seres vivos. Al pensar la conciencia como un espectro, desplazamos psicológicamente el foco: de nuestra propia excepcionalidad hacia la relación con la naturaleza, de una jerarquía rígida hacia una mejor comprensión del mundo que nos rodea. Y esto, a largo plazo, puede enriquecer de forma importante nuestro proceso de conocimiento y convertirse en una poderosa herramienta evolutiva.

    Las máquinas, las plantas y nosotros mismos

    Un pequeño robot está en un bosque soleado junto a una planta jovenCuando hablamos de conciencia, casi automáticamente pensamos en seres humanos y animales. Pero en las últimas décadas se han sumado dos grandes temas: la conciencia de las plantas y la inteligencia artificial. Cada uno, a su manera, nos empuja a reconsiderar este concepto.

    Empecemos por las plantas. No tienen cerebro, sistema nervioso ni órganos de los sentidos en el sentido habitual para nosotros. Sin embargo, eso no les impide responder al entorno con una sensibilidad sorprendente. Distinguen luz y sombra, humedad y sequía, cambian la dirección del crecimiento y se advierten unas a otras de plagas mediante señales químicas. En algunas especies, los sistemas de raíces distribuyen recursos entre plantas vecinas casi como si formaran una comunidad. Todavía resulta difícil llamar conciencia a todo esto en el sentido humano, pero reducirlo simplemente a la palabra «mecanismo» tampoco parece suficiente. Probablemente estemos ante otro tipo de sensibilidad, distinta de la nuestra, pero muy eficaz a su manera.

    Ahora hablemos un poco de la inteligencia artificial (IA). Por supuesto, no es un sistema biológico, sino un conjunto de algoritmos capaces de aprender a partir de enormes cantidades de datos. Pero basta con ver cómo un programa responde, razona, juega o crea para que surja una pregunta natural: ¿podemos considerar ese comportamiento, al menos, como un germen de conciencia? ¿Quizá algo vagamente parecido a las primeras formas de conciencia en la infancia? ¿Y hasta qué punto podría desarrollarse la IA en el futuro a medida que mejoren sus algoritmos, de forma vagamente análoga a cómo las personas aprenden y se desarrollan a lo largo de la vida? La respuesta está lejos de ser sencilla. Por un lado, la IA no posee experiencia subjetiva: no tiene ese «yo» interior que siente dolor, alegría o miedo (al menos, hasta donde sabemos hoy). Recordemos una frase de Terminator en una de las películas de la famosa saga de Hollywood: «No siento dolor. Registro daños.». Por otro lado, la IA muestra cada vez más formas complejas de comportamiento adaptativo, y eso vuelve a plantearnos la pregunta: ¿qué es exactamente lo que convierte a la conciencia en conciencia?

    Estamos acostumbrados a pensar que la conciencia es exclusivamente una experiencia interior de uno mismo. Pero la IA nos recuerda que la inteligencia puede existir sin experiencia subjetiva. Las plantas nos muestran que puede existir sensibilidad hacia el mundo sin cerebro ni un sistema nervioso desarrollado. Los animales, por su parte, muestran que el mundo interior puede ser complejo y rico sin necesidad de lenguaje humano ni de una lógica al estilo humano.

    Cada uno de estos ejemplos parece obligarnos a volver el espejo hacia nosotros mismos. ¿Qué consideramos conciencia: la capacidad de reconocerse? ¿De elegir? ¿De anticipar el futuro? ¿De interactuar? ¿O de experimentar emociones? Quizá nuestra comprensión esté demasiado ligada al modelo humano y simplemente nos falten conocimientos para describir otras formas posibles.

    Aun así, ya se perfila una conclusión. La conciencia no es un simple interruptor que se enciende únicamente en el ser humano. Quizá se parezca más a una llama que puede arder con mayor o menor intensidad, ser tenue o brillante, dispersa o concentrada. Nos ayuda no solo a existir, sino también a comprender que realmente somos seres vivos en este mundo complejo.

    También conviene señalar que la capacidad de reconocernos de algún modo en otros — en animales, plantas e incluso máquinas — nos sitúa en un peldaño especialmente reflexivo de esta escalera. Cuando vemos que el mundo que nos rodea no es tan primitivo y mecánico como parecía hasta hace muy poco en términos históricos, empezamos a mirarnos de otra manera a nosotros mismos, y también a replantearnos qué está bien y qué está mal y qué debemos hacer para conservar el mundo en el que vivimos y no perderlo teniendo a nuestra disposición las capacidades actuales.

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