La mayoría de nosotros conoce sin duda la frase: «El tiempo lo cura todo». Y, en efecto, muchas veces ocurre así. Incluso después de experiencias muy duras, poco a poco podemos volver a la vida cotidiana. El pasado no puede cambiarse, los recuerdos seguirán apareciendo durante mucho tiempo, pero la psique acaba adaptándose gradualmente a lo sucedido.
Sin embargo, no siempre sucede así. A veces atravesamos acontecimientos tan dolorosos que simplemente aceptarlos, llorar la pérdida y seguir viviendo como antes parece imposible. Entonces la psique puede recurrir a formas de protección inesperadamente poderosas. Podemos evitar de manera inconsciente recuerdos y sentimientos dolorosos, empezar a percibir lo ocurrido de otra forma o incluso perder el contacto con aquella parte de nosotros mismos que está inseparablemente ligada a la tragedia vivida.
De una situación tan poco común habla la película K-PAX, estrenada en 2001. A primera vista es una historia misteriosa con elementos de ciencia ficción, pero al mismo tiempo aborda fenómenos muy reales con los que trabajan la psicología y la psicoterapia.
¿Qué ocurre cuando no podemos aceptar lo que ha sucedido? ¿Por qué a veces la psique prefiere alejarse de la realidad en lugar de enfrentarse a ella directamente? ¿Y todo aquello que llamamos trastorno mental es necesariamente una forma de enfermedad, o puede ser también un mecanismo de protección mediante el cual la psique intenta desesperadamente resguardarnos de un dolor insoportable? Intentemos reflexionar sobre estas preguntas a través de una de las historias psicológicas más singulares del cine...
Qué le ocurrió a Robert: La tragedia que cambió su vida

K-PAX es una película estadounidense dirigida por Iain Softley y estrenada en 2001. Los papeles principales fueron interpretados por Kevin Spacey (Kevin Spacey Fowler) y Jeff Bridges (Jeffrey Leon Bridges). Con un presupuesto de unos 68 millones de dólares, considerable para una obra de ciencia ficción psicológica, la película recaudó aproximadamente 65 millones en todo el mundo.
La película no se apoya en grandes escenas de espectáculo hollywoodiense ni en una abundancia de efectos especiales. La mayor parte de la acción se desarrolla a través de conversaciones entre personas. Los diálogos más importantes tienen lugar entre dos de ellas: un paciente psiquiátrico que se hace llamar Prot y su médico, Mark Powell.
Prot afirma que no es terrestre y que ha llegado desde el planeta K-PAX, situado aproximadamente a mil años luz de la Tierra. Lo cuenta con absoluta seguridad, como si se tratara de hechos evidentes de su propia biografía. Sabe cuándo y por qué llegó a la Tierra y cuándo debe regresar a casa. Describe con detalle la vida en su planeta y no parece dudar en ningún momento de quién es. Es más, muchas personas de su entorno empiezan a creerle porque resulta extraordinariamente convincente.
Al principio, todo parece bastante claro: aparentemente estamos ante un paciente típico de una clínica psiquiátrica con ideas completamente fantásticas sobre su propio origen. Sin embargo, Prot demuestra poseer unos conocimientos sorprendentes de astronomía y llega a desconcertar incluso a especialistas en determinados ámbitos. Reacciona de forma inusual ante la luz intensa y los medicamentos apenas producen en él el efecto esperado. Se relaciona con los demás pacientes con tanta facilidad que, en ocasiones, parece capaz de ayudar allí donde no lo consiguen ni siquiera médicos con formación profesional.
Todo ello lleva a Powell a investigar más a fondo el pasado de su paciente. Naturalmente, no empieza a creer en la historia de un extraterrestre procedente de K-PAX, pero resulta evidente que detrás del comportamiento de Prot debe de haber alguna explicación terrestre.
Las sesiones de hipnosis resultan especialmente útiles. Durante ellas empiezan a aparecer en los relatos de Prot detalles completamente terrenales: una casa pequeña, una familia, un trabajo en un matadero y una zona que quizá pueda localizarse en un mapa. Poco a poco, Powell consigue relacionar esas pistas con una persona real: Robert Porter, que había vivido años atrás en una pequeña localidad del estado de Nuevo México.
Robert tenía una esposa, Sarah, y una hija pequeña, Rebecca. Por lo que el médico logra averiguar, llevaba una vida corriente: trabajaba, vivía con su familia en su propia casa y no tenía nada que ver con el misterioso visitante de otro planeta que, años más tarde, aparecería en un hospital psiquiátrico de Nueva York.
Pero todo cambió bruscamente el 27 de julio de 1996. Mientras Robert estaba en el trabajo, un delincuente llamado Darryl Walker entró en su casa. Atacó a la esposa de Robert y mató tanto a ella como a su hija. Robert regresó mientras Walker seguía allí. Se produjo una pelea durante la cual Robert mató al agresor rompiéndole el cuello. Después se dirigió a un río cercano. Más tarde encontraron su ropa en la orilla, pero a Robert no se le volvió a encontrar, ni vivo ni muerto. En el pueblo se dio por hecho que se había ahogado.
Tiempo después aparece Prot en Nueva York: un hombre cuyo aspecto coincide por completo con el de Robert Porter. Tiene otra historia, otro lugar de origen y otra vida. Afirma haber llegado de un mundo lejano situado a mil años luz de la Tierra.
Hasta el final, la película no permite afirmar de forma inequívoca que Prot y Robert sean la misma persona. De manera deliberada, conserva detalles que también sostienen la interpretación fantástica de los acontecimientos. Pero para nosotros eso no es lo más importante, y no vamos a intentar demostrar que un extraterrestre de K-PAX no pudo existir.
Nos interesa más otra cosa. Si aceptamos la interpretación psicológica, después de la tragedia Robert Porter desaparece y en su lugar surge el extraterrestre Prot. A partir de ese momento, la historia de K-PAX deja de ser interesante únicamente como ciencia ficción y adquiere una dimensión psicológica mucho más profunda. ¿Qué puede ocurrirle a nuestra psique cuando una experiencia resulta demasiado dolorosa como para poder aceptarla? ¿Qué hay detrás de una reacción así? ¿Podemos alejarnos tanto de nuestro propio pasado que, junto con él, cambie también nuestra sensación de quiénes somos?
Cuando la realidad se vuelve insoportable
En la mayoría de los casos, incluso ante situaciones muy difíciles, poco a poco conseguimos adaptarnos. Primero llega el impacto, después el dolor, las lágrimas, las noches sin dormir y los recuerdos difíciles. Pero ya no es posible cambiar lo ocurrido, y la psique se va adaptando gradualmente a la realidad. Tal vez nunca volvamos a ser exactamente como antes, pero con el tiempo puede recuperarse cierta estabilidad.
Sin embargo, existen situaciones excepcionales. A veces una experiencia es tan intensa que no encontramos la manera habitual de «pasarla y acostumbrarnos». Entonces puede surgir una especie de distancia psicológica entre nosotros y lo sucedido. Sabemos que sí, que realmente ocurrió, pero internamente podemos sentirlo como si le hubiera pasado a otra persona. Algunos episodios pueden recordarse casi desde fuera. A veces los sentimientos se apagan por completo: creemos que deberíamos sentir horror, tristeza o miedo, pero en su lugar solo encontramos vacío.
Este tipo de estados se relaciona con manifestaciones de la disociación. La palabra suele asociarse con la idea de una «doble personalidad», pero en realidad la disociación es mucho más amplia y puede manifestarse de formas muy diferentes.
Por ejemplo, después de una conmoción intensa podemos sentir de repente que todo a nuestro alrededor parece irreal. La gente habla, los coches circulan, los relojes avanzan, pero el entorno se percibe como si lo viéramos a través de un cristal o como una escena de una película. A veces incluso nuestro propio cuerpo empieza a sentirse extraño: las manos parecen no ser del todo nuestras, la voz suena diferente y observamos nuestros propios actos casi como si fuéramos espectadores externos.
También puede ocurrir de otra manera. Algunos momentos o acontecimientos pueden quedar mal registrados en la memoria. Sabemos que estuvimos allí, quizá podamos reconstruir el principio y el final, pero entre ambos aparecen lagunas. O recordamos perfectamente lo ocurrido, pero emocionalmente sentimos como si le hubiera sucedido a otra persona.
En una forma más leve, algo parecido resulta familiar a muchos de nosotros incluso sin haber vivido un trauma grave. Después de un susto intenso podemos actuar de manera automática y solo más tarde empezar a comprender lo que ocurrió. Durante una conversación difícil podemos sentir de pronto una calma extraña, mientras que la verdadera reacción emocional aparece horas o incluso días después.
Una reacción así no significa por sí sola que exista una enfermedad mental. Ante un estrés intenso, un distanciamiento emocional temporal respecto a lo que está ocurriendo puede ayudar a reducir la sobrecarga psicológica. Si una experiencia es demasiado fuerte, la psique parece bajar su volumen durante un tiempo y nos permite soportar algo que, de otro modo, sería extremadamente difícil de afrontar.
El problema puede aparecer cuando esa distancia se vuelve demasiado grande o se mantiene durante demasiado tiempo. Si los recuerdos dolorosos permanecen inaccesibles durante mucho tiempo, si evitamos constantemente todo lo relacionado con ellos, si los sentimientos siguen apagados y nuestra propia vida empieza a parecernos ajena, entonces una protección que en su momento nos ayudó a soportar la sobrecarga puede acabar dificultando el regreso a una vida normal.
Es importante no imaginar la psique como un procesador algorítmico que decide: «Esto lo excluimos y no lo vamos a recordar». Estos procesos suelen desarrollarse fuera de nuestra conciencia. No elegimos deliberadamente olvidar lo ocurrido, dejar de sentir o percibir la realidad como si fuera un sueño. Nosotros mismos o quienes nos rodean pueden notar que algo ha cambiado en nuestra percepción, aunque la causa de ese cambio no siempre resulte evidente.
Vista desde esta perspectiva, la historia de Prot se vuelve especialmente interesante. Si dejamos de lado por un momento la interpretación fantástica de la película, podemos verlo como una imagen artística muy intensa de un distanciamiento extremo respecto a la propia realidad. No se limita a borrar determinados acontecimientos de la memoria ni simplemente huye del dolor: es como si hubiera abandonado por completo el pasado en el que ese dolor existe.
Esto plantea además otra pregunta interesante: ¿por qué la nueva identidad adopta precisamente la forma de Prot? ¿Por qué no algo más comprensible y terrenal, no simplemente otro nombre o un pasado distinto, sino un extraterrestre, algo mucho más difícil de creer?
Y esto nos lleva de la propia disociación a otra cuestión: qué significado psicológico podría tener precisamente esta forma de huida de uno mismo.
Por qué la psique necesitó precisamente a Prot
Si contemplamos la historia de K-PAX como una metáfora psicológica, lo interesante no es únicamente la aparición de otra identidad, sino también cuál es esa identidad. ¿Por qué precisamente Prot?
Al fin y al cabo, para distanciarse de un pasado doloroso, podría imaginarse ser otra persona: alguien con una biografía diferente, procedente de otra familia y con un pasado perfectamente terrenal. Pero Prot no se limita a cambiar de nombre o a modificar algunos detalles de su vida. Es como si rechazara por completo toda su biografía terrestre.
Robert tiene un pasado. Prot tiene una historia completamente distinta. Robert tiene una casa, una familia y un lugar donde ocurrió la tragedia. Prot no pertenece a la Tierra y afirma haber llegado desde otro planeta. Robert tiene recuerdos que no pueden cambiarse. Prot observa cuanto sucede a su alrededor desde cierta distancia, como un visitante que solo está aquí temporalmente y que algún día simplemente volverá a casa, a su propio mundo.
Desde el punto de vista psicológico, este contraste resulta muy interesante. Si el problema estuviera únicamente en un recuerdo doloroso, quizá bastaría con distanciarse de ese recuerdo. Pero cuando incluso los recuerdos más sencillos de la vida anterior se vuelven destructivos, la simple distancia ya no basta. Entonces, la forma más radical de romper el vínculo con el pasado no sería borrar de la memoria uno o varios acontecimientos, sino dejar de ser la persona a la que todo aquello le ocurrió.
En ese sentido, la imagen de un extraterrestre parece casi ideal. Prot no está obligado a recordar a la familia de Robert Porter porque no es su familia. No tiene que revivir lo ocurrido en aquella casa porque no es su casa. Las reglas de la Tierra tampoco tienen para él el mismo peso: al fin y al cabo, procede de un mundo completamente distinto.
Es importante no interpretar toda la historia de Prot como una invención consciente. Los mecanismos psicológicos de defensa rara vez funcionan como una decisión cuidadosamente pensada. No nos despertamos una mañana pensando: «Quiero olvidar todo lo que me hace daño» o «a partir de ahora no quiero sentir dolor». Muchas de nuestras reacciones protectoras surgen de forma inconsciente, sin que sea necesario comprender qué está ocurriendo exactamente.
A veces empezamos a justificar nuestros propios actos porque reconocer un error resulta demasiado doloroso. En otras situaciones nos convencemos de que una pérdida no era en realidad tan importante. A veces desplazamos nuestra irritación de quien la provocó hacia alguien a quien resulta más fácil alcanzar. Son reacciones muy diferentes, pero comparten algo: la psique intenta aliviar o, al menos, reducir la tensión interna.
Por eso sería impreciso decir que Robert un día «inventó» a Prot y se creó una nueva biografía. Es más acertado entender la posición de Prot como el resultado de procesos protectores inconscientes que surgieron después del trauma vivido.
También resulta especialmente revelador observar cómo es Prot. Mantiene la calma allí donde Robert, probablemente, habría estado desbordado por emociones intensísimas. Apenas está ligado a los valores terrenales habituales. La idea de la muerte no puede asustarlo del mismo modo que asusta a la mayoría de nosotros. Habla de la vida con facilidad y mira a quienes lo rodean desde cierta distancia. Así, Prot no es simplemente «otro Robert». Parece encarnar precisamente aquellas cualidades que permiten no entrar en contacto con lo que volvió insoportable la vida anterior de Robert.
Incluso podríamos decir que, en esta historia, K-PAX no representa tanto otro planeta como una distancia absoluta. No podemos escapar de un pasado doloroso mudándonos a la ciudad de al lado: los recuerdos viajarán con nosotros. Tampoco basta con cambiar de nombre: la biografía seguirá siendo la misma. Pero si imaginamos que pertenecemos por completo a otro mundo, el vínculo con el pasado puede romperse.
En este sentido, la trama fantástica de la película se convierte en una metáfora psicológica sorprendentemente precisa. A veces, para protegernos de una realidad demasiado dolorosa, a la psique no le basta con modificar ligeramente nuestra manera de interpretar lo que sucede. Puede necesitar una construcción mucho más compleja, capaz de separar el «yo» actual de aquella parte del pasado que provoca un dolor insoportable.
En esta lectura, Prot no es una imagen casual ni una simple fantasía llamativa de los guionistas. Se convierte casi en el opuesto completo de Robert Porter, completamente libre de su pasado.
Pero aquí aparece otro matiz importante. Si una construcción psicológica así permitió realmente a Robert seguir viviendo de algún modo después de lo ocurrido, ¿debemos verla exclusivamente como una enfermedad que hay que eliminar? ¿O podría ser también una respuesta útil, algo a lo que recurrió el organismo de Robert para evitar consecuencias aún más destructivas? Sigamos reflexionando...
Salvación o enfermedad: Qué protege realmente la psique
Solemos percibir un síntoma psicológico como algo de lo que deberíamos librarnos cuanto antes. Si nos atormentan recuerdos intrusivos, queremos dejar de recordarlos. Si evitamos determinados lugares o conversaciones, puede parecer que simplemente tenemos que obligarnos a dejar de hacerlo. Si nuestra percepción de la realidad empieza a cambiar, queremos que todo vuelva a ser como antes.
Pero conviene plantearse otra pregunta: ¿por qué apareció ese síntoma? Algunas reacciones psicológicas no surgen por casualidad y, en determinadas circunstancias, pueden cumplir una función protectora: reducir la tensión interna, alejarnos de experiencias demasiado dolorosas y ayudarnos a atravesar el periodo más difícil después de lo ocurrido.
Esto puede observarse incluso en situaciones habituales de la vida. Un primer ejemplo es el entumecimiento emocional. Después de una pérdida muy dolorosa, alguien puede centrarse exclusivamente en cuestiones prácticas y, desde fuera, parecer que no siente nada. Puede resultar extraño: ¿de dónde sale tanta calma? Sin embargo, las emociones intensas pueden aparecer más tarde, cuando disminuyen los efectos del primer impacto. Al principio, esta especie de «congelación» emocional puede permitirnos hacer aquello que es importante y necesario.
Otro ejemplo es la evitación. Si nos ha ocurrido algo realmente aterrador, es comprensible que durante un tiempo intentemos evitar el lugar relacionado con lo sucedido, no queramos entrar en determinados detalles del pasado o nos asustemos ante cualquier cosa que recuerde al acontecimiento. A largo plazo, una evitación constante puede limitar seriamente la vida cotidiana. Al principio, sin embargo, puede ayudarnos a reducir aunque sea un poco la sobrecarga psicológica.
Por eso resulta poco útil dividir los mecanismos psicológicos de defensa simplemente en buenos y malos. Lo que hoy nos ayuda a afrontar una situación puede convertirse mañana en un problema. Al principio, la defensa nos permite soportar lo que está ocurriendo; después puede transformarse poco a poco en una barrera que nos impide avanzar. Nos acostumbramos a rodear todo aquello que duele, vamos perdiendo el contacto con nuestros propios sentimientos y reducimos cada vez más el espacio de nuestra vida. En algún momento, ya no nos protegemos únicamente del dolor: también podemos empezar a rechazar el mundo que nos rodea tal como realmente es.
Desde esta perspectiva, la historia de Robert adquiere un significado inesperado. No parece indefenso. Al contrario: Prot habla, bromea, se interesa por quienes le rodean, es capaz de establecer relaciones e incluso ayuda a otros pacientes. Está mucho más conectado con su entorno de lo que podemos imaginar que estaba Robert Porter inmediatamente después de la tragedia.
Esto se convierte en una metáfora especialmente importante al final de la película. Cuando Prot «se marcha», no reaparece el Robert de antes, alguien que lo ha recordado y comprendido todo, que ha aceptado su pasado tal como fue y que ha vuelto a una vida normal. No. Después de la desaparición de Prot queda un Robert casi inmóvil, que apenas responde al mundo que lo rodea y se desplaza en silla de ruedas.
Y aquí surge una idea inquietante: ¿y si Prot no fuera únicamente una manifestación del trastorno, sino también aquello que permitía a Robert seguir existiendo de algún modo? ¿Habría sido quizá mejor conservar el nuevo estado de Robert en forma de Prot, en lugar de devolverlo a una vida que ya no era capaz de soportar? Si Prot se comunica con facilidad con los demás, puede cuidar de sí mismo, mantiene interés por la vida y no representa un peligro ni para él ni para otros, ¿por qué considerar su estado exclusivamente como un problema? Teniendo en cuenta lo vivido, ¿podría haber sido esta forma de existencia la mejor disponible para él?
Pero aquí existe una frontera importante. Que su estado le permita funcionar no significa que esté sano. También es cierto lo contrario: que nuestras experiencias sean poco habituales no implica por sí solo que deban ser «tratadas» de inmediato. En psicología y psiquiatría no importa únicamente cuánto se aparta nuestra percepción de lo habitual, sino también hasta qué punto somos capaces de vivir, tomar decisiones, mantener relaciones, cuidar de nosotros mismos y conservar el contacto con la realidad que nos rodea.
Por eso, en el caso de Robert, quizá la pregunta no debería ser: «¿Cómo conseguimos que deje de ser Prot?». Tal vez sería más adecuado preguntar: ¿qué ocurrirá con Robert si Prot desaparece? El final de la película ofrece una respuesta bastante inquietante. Prot desaparece, pero Robert no se recupera. Al contrario, queda alguien prácticamente desconectado de la vida que le rodea. Es decir, la desaparición de una construcción psicológica protectora e inusual no significa por sí sola que el paciente haya regresado.
Y así llegamos a una idea importante. ¿Y si ayudar a Robert no consistía en eliminar la protección que había construido, sino en crear primero algo capaz de sustituirla? Si retiramos el único apoyo antes de que existan otros, ¿no podría empeorar mucho su estado?
En la psicoterapia moderna, un profesional no tiene por qué respaldar todas las convicciones de un paciente ni estar de acuerdo con cualquier versión de la realidad. Pero intentar «desenmascarar» de forma brusca una defensa, demostrar que está alejada de la realidad y que por ello es necesariamente incorrecta, también puede empeorar el estado del paciente.
Tal vez el objetivo debería ser otro: ayudarnos gradualmente a ser capaces de vivir con una realidad que ya no puede cambiarse. Crear nuevos apoyos internos y externos y aprender a soportar recuerdos y sentimientos que antes parecían insoportables. Entonces, una defensa que en su momento se convirtió en la única forma posible de supervivencia puede ir perdiendo su función hasta dejar de ser necesaria.
