Podemos sentir mucho miedo ante una conversación próxima y, aun así, iniciarla. Podemos sentir ansiedad antes de un viaje sin renunciar a él. Pero a veces un miedo moderado nos lleva a posponer una cita, cambiar de ruta o esforzarnos por no encontrarnos nunca con aquello que nos asusta.
Parece que la intensidad del miedo determina directamente nuestra conducta: cuanto más miedo sentimos, más distancia mantenemos. Sin embargo, la relación entre la experiencia y la acción no es tan sencilla. Dos personas pueden valorar su miedo de la misma manera, pero una se acercará rápidamente a su fuente, mientras la otra se quedará inmóvil, dará unos pasos, retrocederá o se detendrá justo al final.
Un estudio de Sergio Frumento y sus colegas, publicado el 11 de septiembre de 2026 en la revista Communications Psychology, mostró que la evitación está formada por distintos elementos. Para comprenderla no basta con preguntarnos cuánto miedo sentimos ni con medir la distancia a la que nos detenemos. Es importante observar todo el recorrido —desde la primera vacilación hasta el último paso—.
Cómo medir la evitación
Para estudiar las fobias se utiliza con frecuencia una tarea conductual de aproximación. Se pide al participante que se acerque a un objeto temido tanto como pueda y se registra la distancia a la que se detiene.
Este método parece lógico: si tenemos miedo de una araña, probablemente intentaremos mantenernos lejos de ella. Pero una única medida final no dice nada sobre cómo nos hemos movido. Podemos avanzar lentamente pero recorrer todo el trayecto sin detenernos. Podemos acercarnos rápido y luego quedarnos inmóviles. Podemos detenernos varias veces o movernos pegados a la pared y, aun así, terminar cerca.
Investigadores de la Universidad de Pisa crearon una versión estandarizada de esta tarea en realidad virtual. La muestra incluyó a 75 voluntarios con distintos niveles de miedo a las arañas. Los participantes completaron un cuestionario especial y después tuvieron que acercarse primero a una araña viva dentro de una jaula cerrada y, en otra sesión, a una araña virtual. El orden de las tareas se asignó aleatoriamente.
En ambos casos, el experimento podía interrumpirse en cualquier momento si el miedo se volvía insoportable. Los investigadores midieron hasta qué punto se acercaban los participantes, cuánto tiempo necesitaban y a qué velocidad media se desplazaban. En el entorno virtual también era posible registrar toda la trayectoria del movimiento. El análisis detallado de esas trayectorias se realizó con los datos de 52 participantes que completaron la tarea virtual.
Los principales indicadores de la prueba virtual se relacionaron tanto con la conducta ante la araña real como con las respuestas al cuestionario. Esto confirmó que la tarea virtual reflejaba realmente el miedo y la evitación. Pero lo más interesante apareció cuando los investigadores dejaron de observar únicamente el punto final y analizaron todo el proceso de aproximación.
Cinco formas de retroceder
En los movimientos de los participantes aparecieron cinco características relativamente independientes de la evitación.
La primera es quedarse inmóvil al principio. Ya sabemos que debemos dar un paso, pero durante un tiempo permanecemos en el mismo sitio. No es una renuncia definitiva: el movimiento todavía puede comenzar, aunque primero es necesario superar una resistencia interna.
La segunda es el retraso de la acción. Se parece a la inmovilización inicial, pero describe una dificultad más general para pasar de la intención al movimiento.
La tercera característica es la aproximación vacilante. Nos movemos, pero no de forma fluida: reducimos la velocidad, nos detenemos o avanzamos en pequeños tramos. Desde fuera puede parecer que la tarea se está realizando, pero cada paso siguiente exige tomar una nueva decisión.
La cuarta es mantener la distancia espacial. Incluso mientras seguimos acercándonos, elegimos una trayectoria que nos permite permanecer más lejos de la fuente del miedo.
Por último, la quinta característica es quedarse inmóvil justo antes del contacto directo. Ya hemos recorrido casi todo el camino, pero el último paso resulta especialmente difícil. Nos acercamos casi por completo y nos detenemos justo allí donde la acción debería volverse definitiva.
No se trata de cinco tipos de fobia ni de categorías psicológicas listas para clasificar a cualquiera de nosotros. Los investigadores identificaron dimensiones conductuales —distintas partes de un mismo proceso que pueden combinarse entre sí—. Un participante podía tardar mucho en empezar a moverse y después terminar rápidamente la tarea. Otro podía acercarse enseguida, pero detenerse antes del último paso.
Por qué hablar del miedo no lo explica todo
Cuando los investigadores agruparon a los participantes según las características de su movimiento, aparecieron dos grupos conductuales. Sin embargo, solo coincidían parcialmente con los grupos formados a partir de las respuestas al cuestionario. Los participantes que informaban de poco miedo solían mostrar también poca evitación. Con niveles medios y altos de miedo, la correspondencia era menos clara: personas con resultados similares en el cuestionario podían comportarse de manera distinta ante la araña y pertenecer a grupos conductuales diferentes.
Esto no significa que alguien describiera incorrectamente sus sentimientos. El miedo subjetivo y la evitación están realmente relacionados, pero reflejan aspectos diferentes de nuestra experiencia.
El cuestionario ayuda a saber qué pensamos y sentimos: cuán intenso consideramos nuestro miedo, qué situaciones imaginamos como peligrosas y qué esperamos de un encuentro con un objeto temido. La tarea conductual muestra otra cosa: qué sucede cuando el encuentro ya ha comenzado y hay que tomar una decisión en ese mismo momento.
Podemos sentir una ansiedad intensa y, al mismo tiempo, tener experiencia, motivación o una forma de afrontarla que nos permite seguir avanzando. Y, al contrario, un miedo relativamente moderado puede ir acompañado de un hábito persistente de mantener la distancia. Por eso miedo y evitación no son simplemente dos variantes de una misma característica.
La evitación es un proceso, no una única elección
En la vida cotidiana, la evitación rara vez parece una negativa evidente. Con más frecuencia consiste en pequeñas acciones: dudamos, aplazamos, elegimos un rodeo, reducimos el tiempo de un contacto desagradable o nos dejamos una posibilidad de salir rápidamente. Este comportamiento ayuda a reducir de inmediato la tensión. Si cancelamos un encuentro que nos asusta, la ansiedad realmente disminuye. El cerebro recibe una lección convincente: mantener distancia produjo alivio. Por eso, la próxima vez el deseo de evitar la situación puede aparecer aún antes.
Pero también aquí importa la secuencia. A veces lo más difícil es empezar. Otras veces superamos con tranquilidad los primeros pasos, pero nos detenemos justo antes del momento culminante: no pulsamos Enviar, no entramos en el despacho o no formulamos una pregunta importante. Y a veces permanecemos formalmente en la situación, pero conservamos una distancia psicológica o física.
Precisamente por eso la pregunta —«¿Evitas esto?»— puede resultar demasiado general. Son más informativas otras preguntas: ¿en qué momento nos detenemos?, ¿qué ocurre justo antes?, ¿cómo cambia nuestro ritmo? y ¿qué distancia intentamos mantener?
El estudio no ofrece una forma ya preparada de superar el miedo, pero permite comprender con mayor precisión la propia conducta. Una dificultad situada al comienzo del recorrido es distinta de una dificultad en el último paso. Y avanzar con vacilación no es lo mismo que negarse por completo a acercarse.
Qué puede cambiar la realidad virtual
Las pruebas conductuales convencionales son difíciles de estandarizar. En distintos laboratorios se utilizan espacios, distancias y objetos temidos diferentes. Un entorno virtual permite establecer condiciones idénticas y registrar con precisión cada movimiento.
Además, puede modificarse gradualmente. En teoría, esto abre la posibilidad de estudiar no solo arañas, sino también otros objetos o situaciones que provocan miedo, así como observar con mayor precisión cómo cambia la conducta con el tiempo. En el futuro, estas mediciones podrían complementar la evaluación de la eficacia de la terapia de exposición, en la que nos encontramos de manera segura y gradual con estímulos temidos.
Pero por ahora se trata únicamente de una posibilidad futura. Los autores presentaron y comprobaron una herramienta de investigación, no un nuevo método de tratamiento. El trabajo no demuestra que la tarea virtual ya sea capaz de seleccionar una terapia individual o predecir su resultado.
Lo que el estudio todavía no demuestra
La muestra fue pequeña y estuvo formada principalmente por voluntarios jóvenes reclutados en un entorno universitario. Los participantes fueron seleccionados con distintos niveles de miedo a las arañas, pero no se trataba de una gran muestra clínica de personas con un diagnóstico establecido.
Las cinco dimensiones y los dos grupos conductuales se obtuvieron estadísticamente a partir de los datos de un solo grupo. Es necesario reproducirlos en muestras independientes. Por ahora no puede afirmarse que la evitación tenga exactamente dos subtipos estables ni que la misma estructura vaya a aparecer en el miedo a las alturas, las situaciones sociales, los procedimientos médicos o los espacios abiertos.
El estudio también encontró asociaciones entre la valoración subjetiva del miedo y la conducta, pero no establece relaciones causales. No permite determinar si una determinada experiencia provoca una trayectoria concreta de movimiento, si años de evitación generan un miedo más intenso o si ambos procesos están influidos por otras características de nuestra experiencia.
Por último, una araña virtual sigue siendo virtual. A pesar de la similitud de los principales indicadores en las dos tareas, los participantes sabían que se encontraban en un entorno artificial. En la vida real, al miedo se añaden la imprevisibilidad, las consecuencias de las decisiones y el significado personal de la situación.
Ver algo más que aquello que tememos
El principal valor del estudio no está en el inusual experimento con una araña virtual, sino en ofrecer una visión más precisa de la evitación. Nuestro miedo no puede comprenderse por completo únicamente por cuánto retrocedemos. A veces lo más importante ocurre antes del primer paso. A veces, en las vacilaciones durante el camino. A veces recorremos casi toda la distancia y nos detenemos ante el último límite.
Por eso, las mismas palabras sobre el miedo pueden ocultar conductas diferentes, y conductas parecidas pueden ocultar experiencias internas distintas. No basta con saber cuánto miedo sentimos. Es importante observar qué hacemos exactamente con nuestro miedo.
La evitación no es un rasgo inmóvil ni una simple elección entre «acercarse» y «marcharse». Es una forma de afrontar una amenaza que se desarrolla con el tiempo. Y cuanto más atentamente observamos sus distintos momentos, menos misteriosa parece: deja de ser una fuerza que nos controla por completo.
